El Menú Como Incidente Diplomático

Hace unos días publiqué en este blog un artículo relacionado con la comida en el mundo diplomático, buscando en la hemeroteca digital de El Mundo he encontrado este interesante artículo del 23 de agosto del 2002 también sobre el placer de comer.

Quizá sea la peor trifulca que haya habido a propósito de la comida en Oriente Próximo desde que Caín ofreció a Dios el fruto de la tierra en vez de carne. Según informaciones de la prensa israelí, el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, se sintió ultrajado porque Sharon le sirvió a un general egipcio que le visitaba dos salchichas con tomate y no el abundante almuerzo que el general esperaba.Mubarak respondió al insulto calificando a Sharon de «gordinflón» que «se zampa un cordero entero para cenar», e Israel respondió con una condena a Mubarak por su ataque a Sharon -que, según se dice, comentó sarcásticamente que la próxima vez permitirían que el general se comiera tres salchichas-.

Los banquetes han sido siempre esenciales para el mantenimiento de la paz en Oriente Próximo. La comida lubricaba los intercambios diplomáticos en el Egipto faraónico, que solía ganarse aliados con lo que denominaríamos en la actualidad ayuda alimentaria.En el año 1075 antes de Cristo, el rey de Byblos se negó a facilitar madera a la flota egipcia hasta que le llegaron con el correspondiente soborno en forma de pollos, gansos y vacas. En tiempos remotos, la categoría de los embajadores que visitaban Sumeria, se consideraba proporcional a los presentes que aportaban a la mesa, y los invitados a los banquetes debatían el prestigio de un vino de cosecha tardía y de las frutas del verano, por ejemplo. En Asiria, un banquete verdaderamente digno de ser recordado requirió 14.000 ovejas, 10.000 huevos y 10.000 ratas del desierto -las salchichas no aparecen mencionadas en los relatos históricos-.
Una buena comida es tan importante en un encuentro diplomático como en un cuidado plan de seducción. A su vez, en el ámbito diplomático un menú deliberadamente deficiente ha sido interpretado siempre como una ofensa premeditada. Tito Andrónico, general romano vencedor de los godos según la tragedia de Shakespeare, subrayó su condición de triunfador al disponer que se le sirviera a la reina de los godos un plato de carne picada de sus propios hijos. Krum, un caudillo búlgaro del siglo IX, demostró sus intenciones bélicas al emplear sangre para brindar con los embajadores de Bizancio. Hace algunos años, The Jerusalem Post informó de que los representantes chinos hicieron que se sirviera cerdo a la delegación israelí cuando Israel suspendió un acuerdo de 1.000 millones de dólares para vender un avión espía a Pekín.
Insultos como el de «gordinflón» no dejan de tener peculiares resonancias en Oriente Próximo. En el antiguo Egipto se representaba a las reinas y a los faraones con una planta de cinturita de avispa. El primer político gordo conocido ejercía su imperio en las tierras de Punt, correspondientes más o menos a las actuales costas somalíes, en el reino que rivalizaba con Egipto por el extremo sur del mar Rojo. Al rey de Punt se le representó como un grotesco gordinflón en las pinturas murales de la tumba de la reina Hatshepsut.
Mucho tiempo después, con la conquista árabe, Egipto adoptó una estética con más curvas. Los califas tenían que ser esculturales y las bailarinas no tenían gracia si no se les bamboleaban las carnes. Así ha sido hasta nuestros días en los que, si un imán visita una casa, lo educado es retirar la grasa de la olla y servírsela en su plato.
En realidad, la grandeza de una persona ha corrido siempre pareja con el tamaño de su circunferencia. En las civilizaciones primitivas, los grandes apetitos fomentaban la producción y generaban excedentes, es decir, las sobras de las que podían alimentarse unos pocos individuos más -ésta es la razón por la que las paredes de los salones de los reyes de antaño se decoraban en muchas ocasiones con escenas de banquetes-. Las crónicas nos cuentan hazañas de legendarias comilonas de la misma manera que lo hacen de victorias de conquistadores, de odiseas de exploradores y de leyes de tiranos -a Guido de Spoleto le negaron el trono de Francia porque era muy frugal en sus comidas-. En las sagas islandesas, los heroicos Logi y Loki se enfrentan en un concurso de comilones: Logi resulta ser el ganador porque se come la carne con huesos y todo, y hasta el plato.
Así pues, los excesos de Sharon y las expectativas del señor Mubarak forman parte de una antigua tradición. No es probable que la promesa de tres salchichas vaya a calmar la cólera desatada. Es posible que ni siquiera sea suficiente la receta más abundante de la que se tiene noticia en la zona, una que incluye cinco hogazas de pan de cebada y dos pescaditos. Quizás todo esto no represente más que una advertencia a los diplomáticos de EEUU para que se mantengan al margen de Oriente Próximo, no sea que terminen por intervenir como intermediarios de menús. Articulo de Felipe Fernández-Armesto, historiador de Oxford y de la Universidad de Londres.

Mi amigo Victor de Salamanca me ha recordado que La Torá permite el consumo de los animales terrestres que tienen pezuñas hendidas y rumian, dos características que deben darse al mismo tiempo, por tanto, el cerdo está prohibido. Ver normas CASHER.

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